7 de marzo de 2010

CASA OKUPA



   "Un feo cartel encolado en la pared de una bonita calle del centro de la ciudad le trae a la memoria aquella casa okupa con toda esa gente, con aquella chica, aquel concierto, el primer kalimotxo...

Estaba en un polígono industrial a las afuera de la ciudad. Contaban que era una fábrica abandonada desde el siglo XIX, famosa en su época por encender diversas huelgas. Decenas de chicos y chicas la había limpiado, arreglado y adaptado. Los tataranietos de los rebisnietos de aquellos obreros subversivos que encabezaban disturbios y sufrían en celdas.
Entrar ahí era como entrar en otro mundo, recordaba a las películas de Mad Max. El tiempo se detenía y el espacio mutaba. Era como un oasis, un reducto de resistencia que aguantaba el paso del tiempo y el peso de los tiempos. Había mugre y furia. Pero mugre sana como de piso de estudiantes. Y había mucha furia canalizada, una energía brutal parecida a la del sexo más bello y salvaje.

Crestas, camisetas negras, melenas, botas militares, litronas, cabezas rapadas, tatuajes, cazadoras de cuero, rastas… y niños, y ancianos, y todos los demás. Todos cabían.
La casa se dividía en cuatro zonas. Había una parte de viviendas, como un campamento cubierto. “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”. Allí habitaban los que no eran españoles o no tenían ese derecho. Inmigrantes, vagabundos, adolescentes fugados de casa, expresidiarios. Cualquiera que necesitara una cama podía quedarse una o 10.000 noches.

Había un pequeño huerto del que se encargaba un matrimonio de hippies cuarentones. Y una vez a la semana los niños de una guardería cercana.

Una sala gigante servía de zona de debate y de comedor público vegano los jueves. Allí se organizaba la resistencia mientras se deleitaba uno con las buenísimas pitanzas que preparaban un estudiante de cocina vegetariano y sus ayudantes. La conoció en una de esas comidas. Estaban planificando la manifestación antifascista del 20 de noviembre. Comían ensalada de tomate a la albahaca. Bebían cerveza rubia. Rubia como aquella chica rubia con el pelo verde y esas mallas de estampado de leopardo. La primera chica.

En ese mismo espacio se exponían de vez en cuando fotos, pinturas, esculturas. De aficionados, de estudiantes, etc. Se encargaba una pandilla de alumnos de Bellas Artes que se hacía llamar “Huevos de CoBrA”. También llegaron a hacer algunos talleres, dirigidos a toda clase de público. Partiendo de que “cualquiera es artista”, intentaban acercar el arte contemporáneo a todos, robárselo a la élite y al mercado. Además se hacían performances. Recuerda muy bien aquella de las “Pornoterroristas”: se masturbaron delante de todos y una de ellas se corrió como una fuente.
Le contaron que más de una vez un grupo de skinheads organizó luchas clandestinas de boxeo o de vale tudo. Se arrepiente de no haber visto ningún combate.
Y los domingos se proyectaban películas. Tenía mucho éxito entre los jubilados de los suburbios próximos, que acudían religiosamente a ver cualquier film que echaran, aun sabiendo que corrían el riesgo de ver algo horroroso que les obligara a escapar antes de los créditos finales, como le ocurrió a la mayoría con Pink Flamingos.

Pero la que mejor recordaba y más echaba de menos era la zona de conciertos (en la que a veces también se hacían curiosos cabarets con números fantásticos y objetos estrafalarios). Estaba decorada con graffitis. Había uno precioso con un lema de aquel mayo francés: “Bajo los adoquines, la playa”. Sin Dios inauguró el espacio de conciertos con su “Casa okupada, casa encantada”. Y lo cerró un conjunto del que no recuerda el nombre, muy malo pero muy divertido, versionando esa canción que dice “vamos dejando pasar nuestra alegre juventud”. Cuántas bandas feas. Daba igual la calidad porque lo que importa es que la música remueva las entrañas. Aquella barra con cervezas a diez duros. El viejo camello. Borrachos, bailando pogo, drogados, descargando la rabia, escupiendo, gritando. Qué gritos. Esos conciertos como rituales de catarsis arcaicos.

- “El aburrimiento es contrarrevolucionario”. Se respiraba vitalidad, ilusión, utopía. Era un hervidero.
-¿Y qué pasó con aquella “okupa”?
No lo recuerda bien. No sabe si la quemaron unos nazis o si la desalojó la policía.
-¿Y toda esa gente?
Okupó otra casa. Y luego otra, y otra.

Seguía mirando el feo cartel. Viernes 10, 23:00, concierto apoyo a Amadeu Caselles. Entrada libre. Sin Dios y Los galos. C.S.O. Kasa Encantada.

Vamos dejando pasar nuestra alegre juventud…"



Extracto de CASA ENCANTADA, de Marv

3 comentarios:

Fènix dijo...

La verdad es que me gusta mucho esta entrada!

Max dijo...

Pues eso, vamos dejando pasar...




...a la palomilla de la luz.

Nicolas Romero dijo...

Bonita utopia... casi se me salen las lagrimas al imaginar las peleas de valetodo...

Saludos